“¿Cómo te sientes?” — “No sé.” — “¿Qué te pasa?” — “Nada.”

Si tienes un hijo adolescente, probablemente ya conoces esa conversación. La pregunta es si ese “no sé” y ese “nada” significan lo mismo, y cuándo uno como padre debería preocuparse de verdad.

La respuesta corta: no son lo mismo. Y entender la diferencia cambia todo.

“No sé lo que siento” es más común de lo que parece

Hay un término técnico para la dificultad de reconocer y describir las propias emociones: alexitimia. No es una enfermedad — es un rasgo que existe en distintos grados, y es sorprendentemente frecuente, especialmente en adolescentes y en hombres jóvenes.

No significa que tu hijo no sienta. Significa que no tiene el vocabulario ni la práctica para leer lo que pasa dentro de él.

Imagina que alguien te pide que describas un color que nunca te enseñaron a nombrar. Puedes verlo perfectamente, pero no sabes qué decirle. Eso es lo que le pasa a muchos adolescentes cuando les preguntan cómo se sienten.

La Cátedra de Educación Emocional que los colegios están implementando por mandato de la Ley 2503 de 2025 aborda exactamente esto: no parte de que los estudiantes ya saben lo que sienten. Les enseña un lenguaje para descubrirlo.

Entonces, ¿cuándo sí debo preocuparme?

Hay una diferencia importante entre no saber nombrarlo y no querer sentirlo.

El primer caso es una limitación de vocabulario emocional — se trabaja con tiempo y con práctica. El segundo puede ser una señal de que algo está siendo evitado activamente.

Algunas señales que sí merecen atención:

  • Tu hijo evita sistemáticamente cualquier conversación sobre lo que le pasa, incluso temas menores
  • Ha dejado de hacer cosas que antes le gustaban y no hay explicación clara
  • Duerme mucho más de lo habitual, o casi no duerme
  • Se irrita de forma desproporcionada por cosas pequeñas — o al contrario, nada parece afectarle
  • Se ha aislado de amigos o familia en un período corto de tiempo

Cualquiera de estos, especialmente si aparecen juntos o si duran más de dos semanas, vale la pena conversarlo con un profesional de salud mental. No como alarma inmediata, sino como consulta.

La diferencia entre “no sé” y “estoy bien”

“Estoy bien” es la respuesta de cierre. Le dice a quien pregunta que no hay más que explorar. “No sé” es distinto — es una puerta entreabierta.

Cuando tu hijo dice “no sé lo que siento”, en muchos casos está siendo honesto. No está evadiendo. Genuinamente no sabe cómo llamar a lo que le pasa.

Ese “no sé” es un punto de partida, no un muro.

Qué hacer (y qué no hacer)

Lo que ayuda:

Validar sin presionar. “No tienes que saber nombrarlo ahorita” es una respuesta que baja la guardia. La presión de tener que responder bien bloquea.

Hacer preguntas sobre el cuerpo, no sobre las emociones. “¿Tienes el estómago apretado?” es más fácil de responder que “¿estás ansioso?”. El cuerpo es un camino de entrada más concreto que los conceptos abstractos.

Compartir las tuyas. Cuando un padre o una madre dice en voz alta “hoy estoy cansado y creo que lo que siento es frustración porque…”, les muestra a los hijos que eso es algo que los adultos hacemos — y que se puede hacer sin drama.

Lo que no ayuda:

Insistir en ese momento. Si ya preguntaste dos veces y la respuesta es “nada”, seguir insistiendo cierra más la puerta. Déjalo ir y busca otro momento.

Interpretar en su lugar. “Lo que te pasa es que estás enojado conmigo” puede o no ser cierto, pero le quita al adolescente la posibilidad de descubrirlo por sí mismo. Y si no es cierto, genera distancia.

Comparar. “Cuando yo tenía tu edad…” casi nunca ayuda.

La emoción que no se nombra no desaparece

Lo que no se habla se guarda. Y lo guardado no desaparece — se acumula hasta que sale por donde puede: irritabilidad, somatización, conductas de riesgo, explosiones que parecen venir de la nada.

Enseñarle a tu hijo a nombrar lo que siente no es hacerlo más emocional. Es darle una válvula que funcione antes de que la presión sea demasiada.

El colegio puede ayudar con el lenguaje. Tú puedes ayudar con el espacio.


Si tienes dudas sobre si lo que observas en tu hijo va más allá de lo normal para su edad, consulta con el orientador escolar o un psicólogo. La consulta temprana siempre es mejor que la espera.